Seguramente te has preguntado alguna vez para qué estás en este
mundo. Esa es una pregunta antigua que muchos antes que tú se han hecho a
lo largo de la historia, pero sólo unos cuantos han encontrado la
respuesta.
Esas personas que encontraron la respuesta no eran más afortunadas
que cualquiera de nosotros, ni siquiera eran más inteligentes; tampoco
se afanaron a lo largo de los años, meditando largas noches, para
encontrar la respuesta. Simplemente tuvieron un encuentro que cambió sus
vidas y por esta razón, supieron cual era la razón de su existir.
El día de hoy tú también tienes la oportunidad de saber la razón por
la cual estas vivo sobre la Tierra. Si alguna vez has sentido que tu
vida no tiene un propósito, que simplemente vas como a la deriva, hoy
puedes saber algo que cambiará para siempre tu perspectiva y te
permitirá saber que existe una razón por la cual estás aquí. Anímate,
porque son muy buenas noticias: He aquí el Plan de Dios para tu vida…
En el principio, Dios creó al hombre y lo puso en el Jardín del Edén.
El hombre tenía una relación con Dios y caminaba a su lado, y Dios
tenía un plan para la vida del hombre: “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10).
Dios quería darnos vida eterna, puesto que Él es un Dios de vida que
hizo todas las cosas que existen. Pero se presentó un problema, el
hombre falló y desobedeció (pecó): “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). En
efecto, no existe ningún ser humano que pueda decir que no ha pecado y
como primera consecuencia de esa desobediencia nuestra relación con Dios
se rompió, ya que Dios no puede tener relación con el pecado.
Pero esa desobediencia tuvo una segunda terrible y letal consecuencia para nosotros: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:23).
La consecuencia del pecado del hombre fue la muerte, no sólo física,
sino también espiritual, porque la muerte no es sino la separación
(eterna) de Dios, así que delante de Dios estamos muertos en nuestros
delitos y pecados[1]…
Es por esta razón que el ser humano siempre está descontento y es
infeliz, porque en el fondo está buscando la manera de llegar nuevamente
a Dios. Nada en este mundo puede llenar esa vacío que toda la gente,
inclusive tú mismo, tiene en su corazón, porque está separado de Dios y
sin Él simplemente vemos la inutilidad de nuestras vidas: “Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma” (Marcos 8:36).
Por muchas propiedades que uno tenga, por muchos amigos o amores, por
muchos viajes o estudios, siempre habrá algo que nos hará falta y ese
algo que nos falta es precisamente tener una relación con el único Dios
vivo y verdadero.
Pero en un esfuerzo humano, tratamos de tender inútilmente puentes
que nos lleven a Dios, ya sea a través de tener algún tipo de conducta
moral, de practicar alguna religión[2], o de hacer buenas obras. Nada de esto sirve.
Por más que lo intentemos siempre nos quedaremos cortos, siempre habrá
algo que nos faltará; jamás podremos tener una justicia perfecta a los
ojos de Dios[3]…
Sin embargo, hay una esperanza. La Biblia nos dice que hay un medio por el cual podemos alcanzar a Dios, alcanzar salvación: “Porque
por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues
es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8,9).
Nadie puede comprar la salvación[4], ni tampoco puede hacer buenas
obras para obtenerla. La salvación es un don (regalo) de Dios, el cual
se nos da inmerecidamente (por gracia) a través de la fe. La salvación
no podemos ganarla, pero Dios en su infinito amor nos la da
gratuitamente, como un regalo.
Reflexionemos un momento. Tú, yo, todo el mundo, somos pecadores y
tenemos un problema respecto a la muerte. En este punto el panorama es
devastador. A causa de tus pecados se abre ante ti una eternidad
separado de Dios… ¿Existe una solución a tu problema?
¡Por supuesto! La solución es Cristo: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).
Así es, alguien tenía que pagar el precio de nuestros pecados y ese
alguien es Cristo Jesús quien al venir a morir en la cruz y pagar por
tus pecados y por los míos, restablece esa relación que había
originalmente con Dios y permite que podamos tener acceso al plan de
vida abundante (eterna) que Dios quería para nosotros desde el principio
de la creación. Nada de lo que nosotros hagamos nos puede llevar a
Dios, pero Dios es quien se acerca a nosotros, pues al mandar a su Hijo
unigénito a morir por nuestros pecados, permite que nosotros podamos
tener una esperanza y ser salvos.
Seguramente te preguntarás: ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué pagó Dios por
mis pecados? La respuesta es simple y conmovedora: Porque te ama “Porque
de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para
que todo aquel que en el cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”(Juan 3:16). Dios te ama y por eso decidió
salvarte y no sólo eso, sino hacerte su hijo: “Mas a todos
los que le recibieron [a Jesucristo], a los que creen en su nombre, les
dio la potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).
Efectivamente, Dios no sólo quiere que vivas eternamente, sino que seas
su hijo, pero recuerda, no basta con creer, tienes que recibirle, para
que de esta manera puedas cumplir la voluntad de Dios.
¿Cómo podemos recibirle? La respuesta está en Apocalipsis 3:20 “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”.
Recuerda, es tu decisión. Cristo Jesús está llamando a la puerta de tu
corazón y depende sólo de ti la respuesta que le des. A lo largo de su
ministerio, muchos hombres se encontraron con Jesucristo en su camino y
cuando se lo permitieron Él cambió sus vidas para bien. Si quieres abrir
la puerta y recibirle, puedes hacerlo por medio de una oración. Hazla
en voz alta con fe:
Señor Jesús: Reconozco que soy un pecador y que a causa de
mis pecados merezco ir al infierno; por eso me arrepiento y te pido
perdón humildemente porque ahora se que en tu infinito amor, tú pagaste
en la cruz por todos mis pecados, por lo cual te acepto como mi Señor y
Salvador personal y acepto el don de la vida eterna. Amén.
Si hiciste esta oración confesando que Jesús es el Señor, si te
arrepentiste de tus pecados y crees en tu corazón que Dios levantó a
Jesús de los muertos, has hecho bien, pues hoy naciste de nuevo. Ahora,
sólo te falta que asistas a una iglesia donde se predique a Cristo
crucificado y resucitado, un lugar donde puedas conocer la voluntad de
Dios y seguir su camino, porque puedes tener la certeza de que algún
día, ya sea mas tarde o más temprano, todos vamos a presentarnos ante la
presencia de Dios, ¡y qué difícil será para aquellos que le rechazaron y
se negaron a oír su voz! Te invitamos pues a nuestra iglesia, para que
sigas creciendo y conozcas más del Dios verdadero.
[1] Tal como dice la Palabra de Dios en Efesios 2:1 “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados“.
[2] Religión: del latín religare ‘volver a unir’. Como muchos
esfuerzos humanos bien intencionados, la religión es una manera
desesperada por medio de la cual el hombre trata de volver a Dios, sin
conseguirlo en lo absoluto.
[3] “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias [humanas] como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento” (Isaías 64:6).
[4] “¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? (Mateo 8:37).
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